viernes, 22 de marzo de 2013

¡Un perito que habla!

Queridos oligovisitantes, si hago mofa de lo siguiente no es más que por vencer a la morgue en esta agria batalla, porque cada risa de vosotros es un aliento más de vida para la Oligovilla.

Ha llovido mucho en Granada. Mucho muchérrimo. Días, semanas, meses monzónicos que pasamos hacinados bajo el cálido techo de nuestra humilde villa, nuestro único resguardo. Supuestamente. Sí, amigos y amigas, nuestras vidas corren peligro. El otro día vino un perito a ver el estado del piso, porque al parecer a nuestros vecinos de abajo le habían salido humedades. El perito no tenía muchas pintas de perito; he de decir que nunca había visto a un perito antes, pero me lo imaginaba como una organización de hombres con batas blancas, chalecos antibalas y cascos de obreros, todos ellos muy precavidos y con buen ojo. El susodicho entró en la casa y se dirigió al cuarto de Ana, preguntando si teníamos humedades; "no, no tenemos", le dijimos, por lo que, supuestamente, no corremos peligro de morir aplastados entre vigas de madera de hace 50 años y roedores de carne. Él se limitó a echar una ojeada, casi tímido, o más bien desganado, del techo y las paredes del cuarto de Ana; le invitamos a que hiciese lo mismo en el cuarto de Manu, que tiene unas grietas dilatadas como si se tratase de una parturienta a punto de expulsar su milagro, pero dijo que "no hacía falta". Atemorizada, le pregunté que si podíamos dormir tranquilos por las noches; él se limitó a reírse por lo bajini y concluir con la frase lapidaria  (nunca mejor dicho): "yo que vosotros no me salía al balcón".

Al día siguiente, nuestro héroe, el casero, se dedicó a hacer un exhaustivo análisis de los daños que sufría el edificio, acompañado de una serie de expertos que determinasen el estado del mismo y reparasen lo que hiciese falta. Aquí vemos cómo uno de ellos tienta a la gravedad osando encaramarse a la ventana de la cocina, demostrando grandes dotes de escalada reptiloide:



Poco después tuvimos la agradable visita de la señora casera, por segunda vez en nuestras vidas, aunque sin mangos. Según sus palabras, "yo no soy experta en esto, pero eso no pasa ná, que es que queda feo, se le da pintura y ya está, no hay humedades". Si no hay humedades, no morimos. Creo que empezaré a desarrollar hidrofobia de aquí en adelante, aunque eso no nos exime de la muerte; a una compañera de clase se le cayó el techo de su piso y estaba en perfecto estado. Yo ya no sé qué pensar.

Esta mañana he tenido el placer de levantarme de mi resaca sueño profundo* con la visita del casero, armado con botes de pintura y demás artilugios de magia negra. Entró en el cuarto de Ana y no se exactamente qué hizo; me da miedo mirar mientras realiza su trabajo, no me gustaría perturbar al genio creador para que salga algo deplorable. Sólo se que me pidió fixo (quizás se le acabase yendo de piso en piso hasta llegar al cuarto), y que puso un plastiquillo en el balcón de mi pobre compañera que debería yo encargarme de quitar una vez que estuviese seco. Seco, ¿el qué?, mi casero me dijo que iba a llover, que lo quitase cuando estuviese seco. Pero si llueve no se secará. Pero, ¿el qué?. No quiero arruinarle su obra postmodernista; ha deconstruido el concepto de balcón para reinventar el de "fruto seco mojado".

*Cabe mencionar que estaba en bolas, sólo con mi bata de Tyler Durden (fijaos bien, en la peli El Club de la Lucha sale con una bata con tacitas de colores, es muy funky) y con una cara que bien podría dar el perfil de fumadora de crack. No aportaré ninguna imagen al respecto.

Dentro de un par de días vendrán a pintar los techos, pa que queden bien bonitos y se nos vayan las paranoias esquizoides de que vamos a morir; en ese tiempo estaremos en Galicia, porque ha dejado de llover y tenemos que aprovechar las branquias que este maravilloso sistema evolutivo nos ha proporcionado por adaptación.
Mientras tanto, confiemos en que nuestras sábanas sigan teniendo esa protección indestructible que solíamos utilizar de pequeños contra los monstruos nocturnos.