Efectivamente y no, no seguimos en la Oligovilla; hace cosa de mes y pico que emigramos hacia lugares más resistentes al clima extremo granadino (aunque con menos encanto, todo quede dicho); el punto de inflexión vino cuando las grietas no podían hacer más flexiones sobre nuestras cabezas, las cuales ni podíamos asomar por los balcones y, en resumidas cuentas, nos cagamos encima. Sorprendentemente, nuestro maravilloso casero no puso resistencia a nuestra huida, todo lo contrario, se mostró compasivo y cuasi humano bajando del reino de la oligocasería, al decirnos que él "no podía quitarnos el miedo de encima, que si tenemos miedo pues ya está, qué se le va a hacer". Sus palabras hicieron que nos concienciásemos aún más en que nuestras vidas corrían peligro, porque sabíamos que él sabía que el piso se replegaba sobre sí mismo. Si hubiésemos esperado un poco más, las puertas de la cuarta dimensión se hubiesen abierto ante nosotros, pero quizás para dar un paso más cerca de nuestras mascotas de la infancia que en algún lugar del jardín o del váter quedaron sepultados. Yo creo que nosotros, por nuestra parte y honra, merecemos una muerte más digna. Puede que dentro de unos años no se nos recuerde como se nos hubiere recordado bajo escombros y chirimoyas, pero cada cual tiene sus metas en la vida y a mí me quedan un par de series por terminar con Manu.
Aunque haya sido una despedida terriblemente triste (con una mudanza de mil pares de cojones, he perdido 5 kilos subiendo y bajando mierda, ¿a quién se le ocurre llevarse consigo una batería? Dios, nos hemos herniado de por vida), aún no queremos perder ese cordón umbilical que nos une tanto a nuestra amada Oligovilla. No pregunten por qué, ni cómo, ni de mano de quién, nada: tan sólo diré que sabemos a ciencia cierta que el piso está siendo reformado hasta el punto de conferir aires pequeñoburgueses. A buenas horas. Atando cabos y alambres perdidos, caímos en la cuenta de que dicha reforma se costea a nuestra costa, puesto que el casero nos reclama facturas no pagadas "del finiquito" (o alguna cosa así dijo en una posesión de genio económico). De alguna forma tendrán que meter a almas desprevenidas en ese agujero encantador; yo lo entiendo, no se si sería capaz de hacer lo mismo, de hecho no lo comparto, lo censuro, pero trato de meterme en esa mente violada por algún crayón vía nasal o alguna mala caída a edad temprana. Realmente intento ser una buena conciudadana ex-oligoviviente y no
No hay mucho más que decir aparte de este fugaz adiós. Siento angustia existencialista y absurdez kafkiana, aunque podría decirse mejor y más sencillo con que echo de menos un huevo vivir allí, que nada es igual, que mi vida no es tan emocionante y los días pasan igual uno tras otro. No recomendaría a un amigo que se instalase allí, porque quiero a mis amigos y quiero seguir conservándolos, pero no olvidaré jamás mis meses chichinabescos. Oligovilla, una parte de mí siempre estará allí, una mezcla de miedo, asco y admiración que ahora revierten en mí en forma de penita. Oligovilla, no me mataste, pero moriré contigo.
