jueves, 23 de mayo de 2013

Au revoir Oligoville

Es el fin. Bueno, ya lo fue. Tardo mucho en actualizar. Pardon.

Efectivamente y no, no seguimos en la Oligovilla; hace cosa de mes y pico que emigramos hacia lugares más resistentes al clima extremo granadino (aunque con menos encanto, todo quede dicho); el punto de inflexión vino cuando las grietas no podían hacer más flexiones sobre nuestras cabezas, las cuales ni podíamos asomar por los balcones y, en resumidas cuentas, nos cagamos encima. Sorprendentemente, nuestro maravilloso casero no puso resistencia a nuestra huida, todo lo contrario, se mostró compasivo y cuasi humano bajando del reino de la oligocasería, al decirnos que él "no podía quitarnos el miedo de encima, que si tenemos miedo pues ya está, qué se le va a hacer". Sus palabras hicieron que nos concienciásemos aún más en que nuestras vidas corrían peligro, porque sabíamos que él sabía que el piso se replegaba sobre sí mismo. Si hubiésemos esperado un poco más, las puertas de la cuarta dimensión se hubiesen abierto ante nosotros, pero quizás para dar un paso más cerca de nuestras mascotas de la infancia que en algún lugar del jardín o del váter quedaron sepultados. Yo creo que nosotros, por nuestra parte y honra,  merecemos una muerte más digna. Puede que dentro de unos años no se nos recuerde como se nos hubiere recordado bajo escombros y chirimoyas, pero cada cual tiene sus metas en la vida y a mí me quedan un par de series por terminar con Manu.

Aunque haya sido una despedida terriblemente triste (con una mudanza de mil pares de cojones, he perdido 5 kilos subiendo y bajando mierda, ¿a quién se le ocurre llevarse consigo una batería? Dios, nos hemos herniado de por vida), aún no queremos perder ese cordón umbilical que nos une tanto a nuestra amada Oligovilla. No pregunten por qué, ni cómo, ni de mano de quién, nada: tan sólo diré que sabemos a ciencia cierta que el piso está siendo reformado hasta el punto de conferir aires pequeñoburgueses. A buenas horas. Atando cabos y alambres perdidos, caímos en la cuenta de que dicha reforma se costea a nuestra costa, puesto que el casero nos reclama facturas no pagadas "del finiquito" (o alguna cosa así dijo en una posesión de genio económico). De alguna forma tendrán que meter a almas desprevenidas en ese agujero encantador; yo lo entiendo, no se si sería capaz de hacer lo mismo, de hecho no lo comparto, lo censuro, pero trato de meterme en esa mente violada por algún crayón vía nasal o alguna mala caída a edad temprana. Realmente intento ser una buena conciudadana ex-oligoviviente y no cagarme en su puerta en pleno éxtasis enfurecerme más de la cuenta. Pese a todo, Manu y yo no nos fuimos sin antes dejar una pequeña perlita, a modo de favor, para los siguientes inquilinos; no fue más que un par de notas de suicidios escondidas por la casa. Y hasta aquí puedo escribir.

No hay mucho más que decir aparte de este fugaz adiós. Siento angustia existencialista y absurdez kafkiana, aunque podría decirse mejor y más sencillo con que echo de menos un huevo vivir allí, que nada es igual, que mi vida no es tan emocionante y los días pasan igual uno tras otro. No recomendaría a un amigo que se instalase allí, porque quiero a mis amigos y quiero seguir conservándolos, pero no olvidaré jamás mis meses chichinabescos. Oligovilla, una parte de mí siempre estará allí, una mezcla de miedo, asco y admiración que ahora revierten en mí en forma de penita. Oligovilla, no me mataste, pero moriré contigo.



viernes, 22 de marzo de 2013

¡Un perito que habla!

Queridos oligovisitantes, si hago mofa de lo siguiente no es más que por vencer a la morgue en esta agria batalla, porque cada risa de vosotros es un aliento más de vida para la Oligovilla.

Ha llovido mucho en Granada. Mucho muchérrimo. Días, semanas, meses monzónicos que pasamos hacinados bajo el cálido techo de nuestra humilde villa, nuestro único resguardo. Supuestamente. Sí, amigos y amigas, nuestras vidas corren peligro. El otro día vino un perito a ver el estado del piso, porque al parecer a nuestros vecinos de abajo le habían salido humedades. El perito no tenía muchas pintas de perito; he de decir que nunca había visto a un perito antes, pero me lo imaginaba como una organización de hombres con batas blancas, chalecos antibalas y cascos de obreros, todos ellos muy precavidos y con buen ojo. El susodicho entró en la casa y se dirigió al cuarto de Ana, preguntando si teníamos humedades; "no, no tenemos", le dijimos, por lo que, supuestamente, no corremos peligro de morir aplastados entre vigas de madera de hace 50 años y roedores de carne. Él se limitó a echar una ojeada, casi tímido, o más bien desganado, del techo y las paredes del cuarto de Ana; le invitamos a que hiciese lo mismo en el cuarto de Manu, que tiene unas grietas dilatadas como si se tratase de una parturienta a punto de expulsar su milagro, pero dijo que "no hacía falta". Atemorizada, le pregunté que si podíamos dormir tranquilos por las noches; él se limitó a reírse por lo bajini y concluir con la frase lapidaria  (nunca mejor dicho): "yo que vosotros no me salía al balcón".

Al día siguiente, nuestro héroe, el casero, se dedicó a hacer un exhaustivo análisis de los daños que sufría el edificio, acompañado de una serie de expertos que determinasen el estado del mismo y reparasen lo que hiciese falta. Aquí vemos cómo uno de ellos tienta a la gravedad osando encaramarse a la ventana de la cocina, demostrando grandes dotes de escalada reptiloide:



Poco después tuvimos la agradable visita de la señora casera, por segunda vez en nuestras vidas, aunque sin mangos. Según sus palabras, "yo no soy experta en esto, pero eso no pasa ná, que es que queda feo, se le da pintura y ya está, no hay humedades". Si no hay humedades, no morimos. Creo que empezaré a desarrollar hidrofobia de aquí en adelante, aunque eso no nos exime de la muerte; a una compañera de clase se le cayó el techo de su piso y estaba en perfecto estado. Yo ya no sé qué pensar.

Esta mañana he tenido el placer de levantarme de mi resaca sueño profundo* con la visita del casero, armado con botes de pintura y demás artilugios de magia negra. Entró en el cuarto de Ana y no se exactamente qué hizo; me da miedo mirar mientras realiza su trabajo, no me gustaría perturbar al genio creador para que salga algo deplorable. Sólo se que me pidió fixo (quizás se le acabase yendo de piso en piso hasta llegar al cuarto), y que puso un plastiquillo en el balcón de mi pobre compañera que debería yo encargarme de quitar una vez que estuviese seco. Seco, ¿el qué?, mi casero me dijo que iba a llover, que lo quitase cuando estuviese seco. Pero si llueve no se secará. Pero, ¿el qué?. No quiero arruinarle su obra postmodernista; ha deconstruido el concepto de balcón para reinventar el de "fruto seco mojado".

*Cabe mencionar que estaba en bolas, sólo con mi bata de Tyler Durden (fijaos bien, en la peli El Club de la Lucha sale con una bata con tacitas de colores, es muy funky) y con una cara que bien podría dar el perfil de fumadora de crack. No aportaré ninguna imagen al respecto.

Dentro de un par de días vendrán a pintar los techos, pa que queden bien bonitos y se nos vayan las paranoias esquizoides de que vamos a morir; en ese tiempo estaremos en Galicia, porque ha dejado de llover y tenemos que aprovechar las branquias que este maravilloso sistema evolutivo nos ha proporcionado por adaptación.
Mientras tanto, confiemos en que nuestras sábanas sigan teniendo esa protección indestructible que solíamos utilizar de pequeños contra los monstruos nocturnos.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Retarded por planchality

Efectivamente y sí, hace un decenio y medio que no actualizo el blog. Y justo cuando estaba llegando a la cumbre, a lo más alto...

Perdónenme. No es que no haya material, es que en mi vida acaecieron más catastróficas desdichas que me impidieron escribir; además de que aún no he desvelado ciertos acontecimientos y detalles que envuelven toda mi oligovida.

Partamos de una de las muertes recientes de nuestros electrodomésticos: la tele. Pues no estaba muerta, no, estaba tomándose un descanso. Tal y como se fue, vino; un día cualquiera le dimos al "on" y le dio por funcionar, y mejor que nunca: nada de colores hipersaturados o tonos extremadamente malvas o cianes epilépticos. Antes del renacer, celebré mi cumpleaños, y para que pareciese que no sobrase mucho en el piso le di este toque vintach:


(El cumpleaños fue un despiporre olímpico, con concurso de oligodisfraces en el que Manu se disfrazó de pelusa oligofrénica, yo de domadora de pelusas oligofrénicas y Ana de unicornio retrasado -con un cono de helado en la frente al puro estilo Ralph)


El por qué de mi retraso a la hora de actualizar lo explicaré en las siguientes líneas. El mes de enero fue, cuanto menos, deleznable; entre la vuelta de vacaciones y exámenes atropellados, me fue imposible coger el ordenador más que para estudiar o jugar a los juegos de Cartoon Network (juro por dios que desarrollé ludopatía con el juego de Finn Saltarín), y el remate de los tomates vino con mi pequeña escapada a Barcelonat, para ver a mi querido y asquerosa gorda puta  Mario (su blog http://trotamusique.blogspot.com.es no tiene desperdicio, ríanse con sus desgracias trotamúsicas y aplaudan su crítica al mundo en el que vivimos, porfavor). 
Tras varios intentos fallidos de comprar los billetes por Rayané, mi compañero Manu me ayudó a sacarlos con éxito. Éxito relativo. Los sacó, sí, pero con la vuelta en MARZO; gracias al niño Jesús que mi padre se dio cuenta del error un día antes de volver a Algeciras City, aunque no llegué a dicho puerto: tuve que cogerme un autobús de 14 horazas de ese maravilloso país hasta Granada. He de decir que no fue tan malo, aunque me diese tiempo a leerme tres libros y escribir mis memorias (las de verdad y las de mentira); me tiré la mitad del trayecto hablando con un agradable autobusero, malagueño de nacimiento y republicano de corazón. Y con mucho arte.
Acordé con Manu que, para que no lo odiase de aquí a mis posteriores vidas, profesase total subordinación a mi persona durante un mes. Pero ahí se quedó la cosa, casi olvidada, entre más juegos del Cartoon Network, canciones chichinabescas sobre ornitorrincos y fatales descubrimientos en la basura. Porque si algo aprendí en Barcelona, es que en los contenedores se pueden encontrar maravillas además de niños abandonados y simple basura.


Una de esas típicas noches en las que empiezas con un par de botellas de lambrusco en casa y terminas en un pub desierto disfrazado de leopardito (o Spiderman; los esquijamas del Primá tienen un gran elenco de diseños), puedes encontrarte pequeños tesoros tirados en la calle. En este caso se trataba de una plancha: un modelo Rowenta impecable, con mango de corcho y plataforma de aterrizaje para que descanse el calor. Incrédibol. Por fin podríamos plancharnos las camisas y, quién sabe, calentar las tortitas para hacer fajitas. Un nuevo mundo de posibilidades se abría ante nosotros, y estaba ahí la puerta al Valhalla, abandonada al lado de la basura. Enfundados en nuestros maravillosos esquijamas, al grito de "albricias!!!", corrimos hacia la Oligovilla para probar su magia. Pero pronto descubrimos que era magia de la mala, de la negra. Era belcebú materializado en forma de plancha. En cuanto la conecté, el piso entero petó. Todo, enterito, se quedó sin luz. El lambrusco nos ayudó a salir del paso y no caer en la más profunda desesperación, así que con paciencia pudimos recomponer la red eléctrica de la casa saltando de plomillo en plomillo. Todo volvió a su orden natural: las estufitas que nos mantienen con vida por la noche seguían dando calor, la tele volvió a sobrevivir, y la nevera siguió soltando liquidillo. Pero, por alguna extraña razón que nuestra humanidad no llega a alcanzar, el teléfono no daba señal. El rúter, tampoco. Ahí dejamos de reírnos. Ni puta gracia quedarnos sin internet, señores.


Hemos estado sobreviviendo esta última semana gracias al internet del móvil de Manu y el que la facultad nos proporcionaba, entre llantos inconsolables aferrados a nuestras almohadas por la noche. Probamos todo lo que estaba en nuestras manos para tener conexión, desde rúters olvidados hasta llamar a adivinos de las 3 de la mañana de la tele para averiguar las claves de los vecinos. Pero hasta que no llegó el paquete de Yastel, no pudimos hacer nada. Cuando llegó, pude seguir pateándole el culo a Finn en Cartoon Network y sus juegos del demonio. Pensamos venderla en el Cahconverte, para que cuando la enchufasen para probarla, petase la tienda entera y sus respectivas alarmas y pudiésemos arramplar con todo a nuestro paso o, en su defecto, crear un oligoaltar satánico con dicha figura del mal. Pero un amigo de Ana, aún no se bien por qué, se la llevó. Estad atentos, niños. El mal ronda por las calles.

Por cierto, y sin venir a cuento, el otro día inundamos el piso. A la lavadora le dan indigestiones cuando dejamos la ropa mojada dentro, y empieza a escupir agua como si no hubiese mañana. Estuvo bien, porque al piso le hacía falta un fregao. También el casero nos regaló más mangos hace poco. Estaban ligeramente pasadillos.