La primera vez que pisé los marmóleos suelos de mi actual residencia fue hace ya dos años, al visitar a una amiga que vivía entre estas sólidas cuatro paredes. Desde que entré, supe que tenía que terminar viviendo en él, tenía que formar parte de mi vida universitaria tarde o temprano. La cocina pintada en violeta, la tele microscópica con pegatinas de ferrerorroché por todas partes, los muebles altisonantes de hace 50 años y las mecedoras chirriantes me cautivaron, pasando por el filtro de mis ojos como si fuesen venidos de la serie Friends. El ecosistema perfecto para una pequeña soñadora para dar rienda suelta a sus alocadas aventuras de ralamazos naïf y alguna que otra juerga pseudoadolescente del estilo Skins. He de admitir que soy una persona fácilmente impresionable, por lo que surgió el amor a primera vista.
A finales del pasado curso, mi actual compañero Manuel y yo decidimos buscar un boquete donde meternos para este curso, pues somos personas proclives al almacenamiento de
Nos pusimos como locos buscando un tercer compañero, hicimos carteles molones con nuestras caricaturas y una descripción un tanto barroca y turbia de qué tipo de compañero buscábamos; era un grito a lo chichinabesco, con el título de TRIDENTE CATACROCKER sobre nuestros cuerpos en postura de fusión dragonbolinana. Era un cartelaco. Tras muchas llamadas de gente muy extraña (un amante del oboe con voz de Sabina, otro apasionado de los animales que prometía matar a su agaporni y su labrador por la convivencia, entre otros), encontramos a Ana, que estudia cosas de piedras y bichos fosilizados y se sabe chupar el codo. El tridente estaba completo.
Durante el verano, acordamos que el piso sería pintado, puesto que mi amiga y sus compañeros llevaban viviendo aquí dos años y aún se notaba su presencia; y así fue, el piso se pintó, menos las habitaciones. Tras insistir muy educadamente y con paciencia divina sobre el hecho de que había que pintar, se negaron puesto que "había cosas en las habitaciones y no cabían los pintores". Hasta aquí el cuento parece aburrido, pero en escena entra un tercero, o más bien una tercera, con más cojones que el caballo de Espartero: mi madre. Agarró el teléfono con decisión y le increpó a la casera (que calculando los surcos de las arrugas de su cara, como si de un baobab se tratase, se adivina que cruzó la línea de los ochentaipico) lo siguiente: "PÓNGAME AHORA MISMO CON SU MARIDO". La situación se nos fue de las manos, puesto que la señora, como ella mismo dijo con voz temblorosa, "llevaba viuda más de treinta años". Vaya hombre. Le tocamos la fibra sensible. Mi madre tiene buen corazón, lo juro, pero la pasión le puede, y he de decir que eso se lleva en la sangre.
Finalmente, y tras subir cuatro pisos cargando con todo tipo de cacharros inútiles y vistosos (como una estantería de protección solar de la basura de una farmacia) y con nuestras habitaciones repintadísimas en colores crema, la casa comenzó a tener vida. Y como todo ser viviente, se pone pocho. Bueno, este ya venía tocado del ala de antes.
La cisterna dijo "no trago más mierda" a los pocos días, así que dejó de funcionar. Aquí entra en escena nuestro protagonista, nuestro maravilloso McGyver, multifuncional, polifacético, camaleónico y carismatiquísimo casero. Se ofreció muy amablemente a arreglarnos la cisterna, aunque puede que ya dudásemos de sus superpoderes en el momento en el que "quería que se le pagase todo junto porque se hacía un lío con las cuentas" (a lo que respondimos "pero si solo hay que dividirlo entre tres y sumar..."). El invento funcionó, pese a nuestro asombro, tres días. El valiente hizo de una gomilla, una cuerda de esparto y dos anillas de la cortina de la ducha una cisterna. Condoscojones. Tal que así:
Tuvimos una visita inesperada, días después del asunto de la pintura, por parte de la señora casera. Un viernes a las siete de la tarde llama al timbre, acalorada, sin aire, cargando con una bolsa. "Tomad, un regalillo", decía, "no hace falta, mujer", decíamos. Se fue sin más. Cuando abrimos la turbia bolsa, que pesaba lo suyo, nos encontramos con un par de aguacates y una chirimoya. Fruta. Sí, fruta. Podrida.
No sabíamos cómo interpretar aquel mensaje; semanas después conseguí dotarlo de coherencia entendiéndolo como una amenaza, al estilo de la mafia y sus cabezas de caballo, para que no se volviesen a repetir incidentes. Cabe apuntar que la bolsa se quedó sobre una mesa una semana, olvidada, y empezó a chorrear un líquido bastante
Semanas después, un par de bombillas reventaron; el casero mismo se ofreció para cambiarlas, puesto que los techos son bien altos y no tenemos escaleras. Una de las lámparas del salón tiene un diseño bien antiguo, con forma de pera, algo gastada; él decidió darle un "agüilla" para limpiarla, que "así se vería mejor". La lógica endogámica tiene sus encantos, entre ellos la de vivir en continua alerta, por si te estalla una pecera de cristal en la cabeza cualquier día. No corras, si esto te pilla en mi hogar, porque el telefonillo no funciona. A veces. También con su mano de santo y no se qué magia negra, el casero pudo arreglar el telefonillo, que no comunicaba con el exterior, dándole a todos los botones de forma aleatoria y con mucha fuerza. Fue un detalle por su parte indicarnos cuál de todos (el que tenía un dibujito de una llave, qué enrevesados son los técnicos) era el que abría la puerta, por si daba lugar a confusión.
El tercer episodio de la cisterna rota ocurrió hace un par de días. Armado con su caja de herramientas, llena de trozos de madera, cuerdas y alambres, hizo un monumento en nuestro baño. Sentado en la taza del váter, agarrando los engranajes de la cisterna con su misma boca, consiguió que el agua dejase de correr impertinentemente por las cañerías valiéndose tan solo de un palo de madera de helado, un alambre de cerrar el pan bimbo y más cuerda. Cuando terminó su hazaña, corrió al salón con la tapa de la cisterna bajo el brazo, preguntando muy educadamente "¿y dónde dejo esto?". Ciertamente me dio pena que su maravilloso monolito tuviese que dar paso, un día después, a una cisterna de verdad de mano de un fontanero homologado, porque todos nuestros amigos no tuvieron la suerte de ver tal creación divina.
Cierro esta entrada con su última aparición en escena, pocas horas hace ya, en relación con la nevera; desde que llegamos al piso, el artefacto (decorado como si fuese un muñeco de nieve por mano de Ana, genial bricomanitas de las de verdad, que hace flores con cartón de papel del culo, revisteros reciclados y brioches de la muerte) pierde un líquido que dudamos que sea agua, teniendo fe en que no nos explote en la cara cuando vayamos a abrirla a pensar qué vamos a hacer en el día. Según nuestro McGyver, si el congelador congela y el frigorífico enfría, funciona, y no hay nada más que ver; si soltase algún gas explosivo ya estaríamos muertos y además "tendría algún boquete por donde sale el líquido". Además, la empresa no depende de él; se bloqueó ante nuestras súplicas imporando "que no está mi madre, que es puente!".
Así pues, como él se autodenomina electricista del piso, tendremos que esperar a nuevas traídas por un experto en el tema, quizás la semana que viene, quizás nunca. Yo sólo espero que venga con más material para escribir aquí, y que parezca más creíble y menos chichinabesco el mundo en el que vivo.

Rabo, rabo, rabísimo.
ResponderEliminar